Personas de interés policial en archivos que permanecen a lo largo del tiempo

FBI

Steve Jobs fue muy reservado con su vida privada. Controlaba cada detalle que aparecía de él en la prensa y solía cambiar el nombre de sus hijos en las entrevistas para evitar que los reconocieran. Pero ahora que está muerto los medios ventilan a diario detalles de su pasado. Recientemente el FBI dio a conocer cientos de archivos confidenciales del fundador de Apple. Estos, además de corroborar que era capaz de mentir con tal de alcanzar sus metas -como lo sugiere el periodista Walter Isaacson en su biografía autorizada-, revelan que el expresidente George H. W. Bush quería en 1991 que fuera su asesor de comercio internacional. El informe pormenorizado del genio fallecido en octubre pasado, que el FBI tenía en su poder, no es el único ni el primero que ha provocado polémica en la historia de EE. UU.

Durante el mandato de J. Edgar Hoover, quien estuvo medio siglo al frente de ese organismo, cualquier personaje de la vida pública podía ser blanco de sospecha. No era necesario haber cometido un crimen para aparecer entre sus expedientes. Bastaba con ser famoso, artista, político, empresario o intelectual.
En su larga lista de obsesiones, los Kennedy siempre estuvieron en primera fila. En 2008 salió a la luz un escandaloso video en el que Marilyn Monroe aparece practicándole sexo oral a un hombre al que no se le alcanza a ver el rostro. Al parecer Hoover creía que el protagonista de la cinta era el presidente o su hermano Robert y, aunque nunca logró probarlo, para nadie es un secreto que ambos tuvieron un affair con la diva de Hollywood.
Edward Kennedy, Ted, tampoco sale bien librado. Un año después de su muerte, un expediente de 2352 folios reveló que solía participar en orgías en el hotel Carlyle del Upper East Side de Manhattan, en compañía de sus hermanos, Marilyn y Frank Sinatra, este último señalado de tener vínculos con la mafia. El propio Gobierno de Richard Nixon intentó demostrar que Ted tenía una relación sentimental con su secretaria Mary Jo Kopechne, quien murió en un carro conducido por él en 1969. El objetivo era acabar con su imagen de hombre fiel y truncar sus posibilidades de aspirar a las elecciones presidenciales de 1972.
Eleanor Roosevelt, la esposa del presidente Franklin Delano Roosevelt, también figuraba entre las prioridades de la Policía secreta. Su expediente de 3000 páginas especifica cada uno de sus movimientos, su interés en abolir la segregación racial y su influencia sobre el Congreso de la Juventud Estadounidense, una organización afiliada a la Internacional Comunista. Hoover alimentó el dossier de la primera dama con correspondencia, memorandos y artículos de prensa hasta el día de su muerte.

Los artistas eran también otras víctimas permanentes de ese organismo, ya fuera por el contenido de sus canciones o por su forma de vestir. Elvis Presley, por ejemplo, era considerado un "peligro para la seguridad nacional" por haber despertado la libido de millones de norteamericanos. Lo paradójico es que durante una visita que hizo a la Casa Blanca en 1970 se ofreció como voluntario para colaborar con el FBI y acusó a varios artistas de incitar al libertinaje. Según quedó consignado en un documento de la época, el rey del rock and roll no soportaba el activismo de Jane Fonda y pensaba que la "apariencia sucia y desgreñada de los Beatles, así como su música sugerente" había corrompido a la juventud.
Precisamente John Lennon fue objeto de seguimientos entre 1971 y 1972, cuando el cuarteto de Liverpool se acababa de disolver, según consta en un folio de 300 páginas que el Gobierno guardó durante 25 años por miedo a desatar la ira sus seguidores. En ese entonces a la Policía secreta gringa le preocupaban las ideas revolucionarias del artista y su cercanía con grupos de izquierda, a los que supuestamente financiaba. Las razones para espiarlo eran evidentes, pues era un pacifista declarado que se oponía a la Guerra de Vietnam y a la intervención militar británica en Irlanda del Norte. Su ideología incomodaba tanto a Hoover y a Nixon que no solo intentaron arrestarlo por posesión de drogas, sino también revocarle la visa de inmigrante y obligarlo a regresar al Reino Unido.
La saga de investigaciones sigue viva en pleno siglo XXI. Antes de Steve Jobs, Anna Nicole Smith, conejita Playboy, estuvo en la mira de la agencia porque al parecer orquestó un complot para asesinar al hijo de su difunto esposo, el magnate petrolero J. Howard Marshall.